Engordamos más en invierno?

yapa26junio

“Todos los años lo mismo. Llega el frío y tengo hambre todo el día…Pero no quiero comer cualquier cosa: me tiento más con los dulces, las harinas, los guisos…¡Qué castigo!

¿Por qué sentimos “más hambre” cuando bajo la temperatura? ¿Por qué preferimos ciertos alimentos en especial? ¿Y por qué engordamos más en invierno? Todas estas preguntas podrían tener una única respuesta: el diseño de nuestro organismo es prehistórico. Es decir: habitamos un cuerpo antigüo en un mundo moderno. De hecho es el mismo que el de los hombres de la lejana Edad de Piedra, en el Paleolítico.

¿Y cuál es el problema? Que los mismos genes que tiene el hombre moderno son el resultado de una mutación biológica que fue, con el paso de millones de años, adaptándose a condiciones prehistóricas que hoy no existen.

DEL HOMO A HOY

La supervivencia de nuestra especie estaba en juego y la genética encontró la solución: para hacer frente a la adversidad con que vivía el Homo Sapiens, aumentó su necesidad de azúcares e hidratos de carbono especialmente durante el invierno, y redujo su gasto calórico para guardar en forma de reserva las grasas que pudiera ingerir. Así estaría preparado para las sequías, las heladas, la escasez de alimentos y otras inclemencias. Este diseño metabólico que permitió la supervivencia sigue siendo el mismo…Miles de años después.

En otras palabras: nuestro organismo, en lo que se refiere específicamente a la alimentación y la actividad, cuenta con un diseño metbólico “atrasado” que refleja la adaptación al estilo de vida de nuestros antepasados, no al de nuestro presente.

Este fenómeno, conocido como “retraso genómico” podría ser el responsable no solo de la obesidad sino también de la mayoría de las enfermedades con las que convivimos en el presente.

Como genéticamente no estamos preparados para “sobrevivir” al sedentarismo, al exceso de grasas, azúcares, sodio y comidas rápidas, nuestro organismo es más susceptible a las enfermedades siendo el sobrepeso y la obesidad una de las consecuencias más directas y visibles.

Si seguimos con la historia, hace apenas unos doscientos cincuenta años, con el comienzo de la Revolución Industrial, aparece el primer cambio importante en la alimentación de los últimos siglos. Con esta Revolución llegaron la esterilización, las pasteurización, la fermentación, el enfriado y el congelado.

Comienza cierta provisión de alimentos relativamente segura y estable: nuestra alimentación ya no depende del lugar ni de la estación algo que el cazador-recolector paleolítico, preparado siempre para la hambruna, dificilmente podía soñar.

Con la modernidad irrumpen las cadenas de comidas rápidas, el delivery y las porciones súper gigantes. En consecuencia, a la luz del pasado de la humanidad, la alimentación en el mundo actual presenta una paradoja: mientras la disponibilidad y variedad de alimentos no tiene comparación (pasamos de hojas y raíces a un buen asado) y la ciencia logró avances impensados en la lucha contra las enfermedades infecciosas, las enfermedades crónicas relacionadas con la alimentación (obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer, entre otras) son la principal causa de muerte en los países occidentales.

Estas mismas enfermedades eran desconocidas para los cazadores y recolectores primitivos, porque mientras su diseño metabólico les permitía almacenar energía para época de hambruna, su alto nivel de actividad física lograba mantener cierto equilibrio.

¿ESTAMOS CONDENADOS?

¡Claro que no! Sin embargo, para contrarrestar el impacto que nuestro metabolismo ancestral tiene sobre el peso corporal, es indispensable hacer ciertos ajustes.

¿Deberíamos volver a comer solo frutas, hortalizas y carnes magras? No.

¿Tendríamos que igualar la actividad que tenía el Homo Sapiens cuando cazaba y recolectaba? Tampoco. En realidad, será necesario:

*Tomar lo mejor de antaño y sumarlo a los alimentos que la naturaleza y la industria hoy en día proveen y que la experiencia y la ciencia nutricional señalan como los más recomendables.

*Conocer cuáles son los cambios que experimentamos cuando hace frío para poner en marcha las estrategias que nos permitan no sucumbir a la tentación, alimentarnos bien y movernos más.

Continuará…

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